BÁCULO Y GUÍA PARA MANEJARSE DECENTEMENTE POR LA MITOLOGÍA PENAL CONTEMPORÁNEA

viernes, 14 de agosto de 2009

gimnasia versus magnesia


Alguna vez hemos comentado que hay ocasiones en que nuestros tribunales penales hacen auténtica justicia-ficción, dictando sentencias que parecen dirigidas a unos hombres imaginarios, puros, equilibrados, sensatos, fácilmente motivables y totalmente dispuestos a la enmienda. Afortunadamente (¡!), las cada vez más altas cifras de reincidentes suelen despertarnos de ese sueño, y la tozuda realidad convierte en peligrosos anacronismos las buenas e inocentes intenciones de algunos.

Pero es que otras veces la cosa es aún peor: se exaspera hasta el extremo el principio de legalidad y se difumina la tipicidad (retorciéndola) hasta hacerla casi desaparecer. La ley se convierte entonces en una especie de código moral para malvados, aplicable sólo en casos excepcionales y respecto de ciudadanos irrecuperablemente perversos. Las palabras ya no significan nada, y el derecho penal del acto se trasforma en un auténtico derecho penal de autor. Hay que castigar sólo a los delincuentes (cometan o no delitos), y nunca a los ciudadanos normales, por mucho delito que, incidentalmente, pudieran cometer.

¿"Forzar" a la víctima?, ¿"descalificar, vejar y humillar" a la esposa? Todas estas expresiones, por ejemplo, se pueden convertir repentinamente en generalidades confusas, poco precisas, carentes de significado por sí mismas, y aplicables exclusivamente a los casos en que nos encontremos con “auténticos delincuentes”. El Código Penal castiga sólo a los malos, a los enemigos, a los marginales, y no a la buena gente, ni a las personas normales, ni al buen hombre que, ¡quién no lo ha hecho!, insulta constantemente a su mujer, la humilla, la veja, la desprecia, la despersonaliza y, de postre, la fuerza a mantener relaciones sexuales a ritmo de calentón...

Eso sí, que los familiares y amigos de los etarras, o sus simpatizantes, o quienes les sirven copas, o quienes les visitan en la cárcel, o quienes les recuerdan, esos, ¡esos! : Esos que no tengan ni un minuto de tregua. Porque, más allá de lo que puedan hacer, más allá de lo que diga la Ley, ellos son los malos. Y con los malos no es necesario probar nada ni esperar a que hagan nada. Y si es preciso se volverá a retorcer la ley, se volverá a exasperar la tipicidad, y “enaltecer” y “justificar”, por ejemplo, ya no serán nada más que generalidades confusas, poco precisas, carentes de significado por sí mismas, y aplicables siempre que sea necesario utilizar un poco de mano dura con los enemigos, con los marginales, con los distintos, o con los peligrosos.

Y es que parece que, para algunos de nuestros jueces, la letra de la Ley no debería ser nunca un obstáculo para aplicar la auténtica y verdadera justicia.

jueves, 13 de agosto de 2009

¿tontunas?


Este asunto de las escuchas telefónicas no es menor, porque el reverso tenebroso del anti-ciudadano que todos llevamos dentro nos lleva a pensar: "A quien no tiene nada malo que ocultar, no le importa que le escuchen. Ni que lo vigilen, lo filmen con cámaras, lo registren en los aeropuertos, lo detecten con un radar por la carretera, le hagan la prueba de la alcoholemia en un control aleatorio o, llegado el caso, lo sometan a la máquina de la verdad." Pero las cosas no son así de simples, al menos desde que en 1776 se declarara la independencia de Estados Unidos -por poner una fecha simbólica- y arrancase una próspera era basada en garantizar la libertad y la intimidad individuales por encima del bien común del hormiguero.

La comunicación a distancia -telecomunicación- ha sido tradicionalmente un símbolo del respeto a estos principios de intimidad y libertad. Por un lado, la inviolabilidad del correo forma parte no ya de nuestras legislaciones sino de nuestra propia cultura. Por otra, siempre se ha tratado de preservar la posibilidad de enviar correspondencia, aun para personas en situaciones extremas como la cárcel o el frente de guerra. La tecnología ha extendido enormemente nuestros recursos de telecomunicación, pero más rápido si cabe ha ido aún la evolución de los mecanismos de control. Las conversaciones a través del teléfono móvil resultan más sencillas de intervenir que las que se trasmiten por cable, y la posibilidad de interceptar, almacenar y analizar automáticamente la totalidad del correo electrónico enviado en el mundo no pertenece ya al mundo de la ciencia ficción.

Más aún, hoy es posible seguir y registrar fácilmente no sólo nuestras comunicaciones, sino todos nuestros desplazamientos y la mayor parte de nuestros actos sociales. El móvil deja un rastro permanente de nuestros movimientos por las células que constituyen las antenas de telefonía; la tarjeta de crédito va dando fe de todos nuestros pagos; nuestra obligatoria identificación en hoteles y medios de transporte ofrece un mapa de nuestros traslados por el mundo; los nuevos cinemómetros que controlan la velocidad en tramos completos de carretera anotan las matrículas de todos los vehículos que circulan, y los alrededores de multitud de edificios públicos y privados graban permanentemente con cámaras de televisión a todo el que por allí pasa. Juntar y analizar de forma automática toda esa información no presenta ya obstáculos técnicos. El gran hermano nos tiene completamente controlados.

Pero que la utilización perversa de los medios de vigilancia sea posible no implica que debamos asumirla como inevitable. Llevamos siglos respetando algo tan frágil como un sobre de papel cerrado, pese a existir medios para violarlo y aun para cerrarlo después sin apenas dejar rastro. Simplemente hemos de mantenernos firmes para recordar que el derecho del ciudadano a no ser vigilado está por encima de la prevención ambigua del delito -en incluso pone límites a su persecución-; para incorporar a nuestra legislación normas que garanticen el buen uso los nuevos medios de control tecnológico, y para hacer efectiva tal legislación de forma enérgica.

El mal se origina en la propia recogida de datos. ¿Por qué tenemos que aceptar que se nos pida sistemáticamente el DNI en edificios privados, en alguno de los cuales hasta se nos fotografía? ¿Guardan los aparcamientos de pago la matrícula de nuestro coche, que aparece impresa en el tique? ¿Qué antiguo reglamento de vagos y maleantes o nueva ley antiterrorista nos obliga a identificarnos en los hoteles? ¿Cómo es posible que los gobiernos occidentales estén imponiendo a las operadoras de telefonía el almacenamiento para su posible investigación posterior de los datos de todas las llamadas? Desterremos de una vez la toma preventiva de información personal.

Al final de la cadena está el uso judicial de la información de la que se dispone. Aquí debemos resignarnos a no aceptar bajo ningún concepto pruebas obtenidas con vigilancia ilegal e incluso quizá de la destinada a otros fines. Pero esto no es suficiente: también tendremos que impedir que tales pruebas inválidas salgan a la luz pública para conseguir, en ausencia de un juicio real, una condena mediática.

Y mientras la maquinaria legislativa comienza a avanzar en la dirección correcta o, al menos, hasta que deje de hacerlo en la dirección contraria, ¿cómo podemos defendernos? Dudo que al ciudadano normal le interese embarcarse en una cruzada personal de anonimato, evitando hablar por teléfono, pagando siempre en efectivo y viajando sólo en medios de transporte en los que el billete aún no sea nominativo. No se trata tanto de defender nuestra intimidad particular hoy como de recuperar los principios de libertad y privacidad para nuestra cultura de mañana. Para ello, apliquemos el rigor y la prudencia. El rigor de dejar constancia de lo que consideramos privado: una carta enviada en sobre cerrado está casi tan desprotegida como otra que viaje en envoltorio abierto, pero de la primera siempre se podrá argumentar que era confidencial, que quien la abrió violó tal confidencialidad y que el uso de la información de esa forma obtenida es ilícito. Lo mismo podría decirse de un mensaje electrónico cifrado, ahora que la firma digital y la criptografía están al alcance de un botón en los programas de correo electrónico. Y con respecto a la prudencia, siempre la tuvimos con los documentos en papel, pero parece que la hemos olvidado con los medios telemáticos. El correo electrónico no cifrado es visible para el administrador de cualquiera de los servidores que atraviesa, un fax está al alcance de casi cualquiera que se mueva por una oficina y el teléfono móvil no es el medio ideal para contar secretos. Y menos si uno lo usa a voces en el AVE.