BÁCULO Y GUÍA PARA MANEJARSE DECENTEMENTE POR LA MITOLOGÍA PENAL CONTEMPORÁNEA

miércoles, 22 de septiembre de 2010

¿y si quiero que me infecten el SIDA?


Seguimos a vueltas con la vida y la integridad física y, me temo, esto no va a parar. La mezcla de superstición, prejuicios, criterios morales y principios éticos se convierte en perniciosa -bueno, esa mezcla es siempre perniciosa- cuando se trata de abordar el contenido de la dignidad humana y de sus consiguientes manifestaciones.

Y todo esto viene a cuento del magnífico artículo que el profesor Gimbernat publica en El Mundo de hoy, y donde, como de soslayo, se toca sutilmente la cuestión del consentimiento en las lesiones.


No deberíamos tener duda, a este respecto, de la importancia de la libertad individual como soporte axiomático básico de nuestro sistema de valores ético y jurídico, y de la necesidad de reconocer las mínimas excepciones en cuanto a su ejercicio y desarrollo. Sólo ante ataques graves a bienes jurídicos de igual o superior valor a la propia libertad, deberíamos plantearnos (y lo hacemos) algún tipo de restricción, prevención y castigo.

El ejercicio de la prostitución, el suicidio (propio o asistido), el consentimiento a ser lesionado, la compraventa de órganos, o la libertad para poner en serio peligro la integridad física (a través del ejercicio de deportes de contacto extremo) suponen ejemplos paradigmáticos de la nebulosa jurídica (y axiológica) en la que se encuentra nuestra sociedad.

Un cierto recelo que bebe de morales y costumbres tribales, donde tradicionalmente se ha mitificado y sacralizado la vida y la integridad física por encima de la voluntad o creencia de sus propios titulares, ha impedido afrontar este tipo de problemas de forma lógica y congruente. Y se ha impuesto un concepto de dignidad humana, supraindividual y confuso, que antepone los intereses de la colmena (o de las clases más influyentes o acomodadas de la colmena) a los íntimos y personales de las insignificantes abejas.

Las políticas públicas (engendro que engloba acciones directas, indirectas, trasversales, longitudinales, oblicuas y subliminales) deberían fomentar la generalización de actitudes y comportamientos formados éticamente y basados en valores facilitadores del bien común, pero tendría que abstenerse de uniformar conciencias, imponer morales o restringir derechos individuales. Parece muchas veces que el Estado, con una mala conciencia por los deberes no realizados, intenta practicar una política criminal basada en dejar a los colectivos marginales o menos favorecidos fuera de la legalidad que ampara los derechos del resto de la ciudadanía, prohibiendo o demonizando los comportamientos que ella misma se ha encargado de provocar. El cierto complejo de culpabilidad que la sociedad occidental desarrollada siente frente a los que, por no tener nada, no tienen más remedio que vender su cuerpo como tabla de salvación (prostituyéndose, vendiendo órganos o poniendo en peligro su propia vida) no debería conducirnos a negar su legítimo derecho a hacerlo.

Y si de lo que se trata no es de necesidades materiales, sino metafísicas (suicidio, eutanasia) o lúdicas (deportes extremos de dudoso gusto), la respuesta es aún más clara. Sólo imperativos de orden y salud pública deberían legitimar su regulación, su uniformización y su control.

3 comentarios:

Jorge Ramiro Pérez Suárez dijo...

En efecto Rafa,

Me alegro que hayas publicado estas reflexiones. En el momento en que la vida y la integridad
(los bienes jurídicos más íntimos y personales que existen) se convierte en un bien de repercusiones colectivas y meta-individuales corremos el peligro de desvirtuar el humanismo implícito que debería guiar el Derecho Penal y las Políticas que lo desarrollan. Me viene a la cabeza el caso del canibalismo consentido, que vamos a trabajar como caso práctico en mi curso.

Un saludo,

Jorge.-

Albatros. dijo...

Desde mi lógica, y perdón por la ausencia de conocimientos.

La prohibición es una circunstancia temporal hasta que el Estado sea capaz de dar un nivel de bienestar suficiente a sus ciudadanos cómo para que no se vean en la necesidad de vender un organo.Una vez alcanzado ese nivel, si le da gusto hacerlo, adelante.
En la eutanasia, no es uno mismo el que se quita la vida, sino otro.
Siempre he pensado que un suicida , mientras cae del Puente de Segovia, se arrepiente de haberse tirado,por lo que seguramente se arrepienta de que otro le inyecte una solución letal, cuando haya entrado en su torrente sanguineo.

Anónimo dijo...

Asunto complejo, ¿Cuando puedo decidir? ¿a los 13 años? Puedo tener relaciones sexuales ¿a los 16 me puedo casar? ¿a los 18 puedo beber? ¿Cuando puedo o no puedo hacer algo? y visto de otro modo ¿puedo decidir morirme cuando quiera? ¿es necesario ser feliz constantemente? ¿puedo tomar mis propias decisiones teniendo una minusvalía psíquica?.... ¿y si quiero que me infecten de SIDA para poder probar una vacuna que salve a mi hijo?.....Asunto complejo....